Además como este blog es reflejo de mi corazón y mi corazón es reflejo de mi vida, hoy, en este día quiero recordar a quien me enseñó a amar el trabajo. A quien me enseñó que el trabajo es dignificante, a quien trabajó desde muy chiquito vendiendo diarios en su pueblo natal Patricios. A quien trabajo toda su vida, a veces con suerte, a veces con no tanta suerte, pero siempre con responsabilidad, con esfuerzo, con compromiso, para darle a su familia el bienestar que el necesitaba sentir que les estaba dando.
Fue "canillita", fue cadete, fue tejedor, fue dueño... fue fletero. Fue mi viejo, mi querido viejo.
Fue todo lo que la vida le dejó ser y trabajó hasta muy grande, desde la madrugada hasta muy entrada la noche. Hasta que un día no pudo hacerlo más y ese día comenzó a envejecer.
Por cada año de inactividad envejeció cinco. Claro, el había nacido para trabajar, y dejar de hacerlo era muy difícil. Tan difícil como dejar de amar a los que lo amábamos, aunque a veces no se lo demostráramos como él lo merecía. Quizás porque así lo aprendimos desde pequeños, cuando las relaciones entre padres e hijos eran más distantes de lo que son hoy.
Por todo eso, hoy que mi viejo, inquieto como siempre, debe estar en el cielo dando vuelta los escarabajos en los parques del paraíso lo recuerdo con el amor que él siempre nos enseño a dar. Mi viejo el mejor ejemplo de la dignidad del trabajo, sobre todo hoy que tanto se manosea este término.
Viejo querido te regalo, te regalamos con Li y Goro, mis hermanos, a vos especialmente y a todos lo trabajadores del mundo este tema que tanto te gustaba y que seguramente escucharás en tu corazón allí donde estás mirándonos y cuidándonos como siempre.
