¿Te acordas de Starsky y Hutch,
esos dos policías tan especiales de los años 70?
Starsky
y Hutch (en inglés: Starsky and Hutch) es una serie de
televisión estadounidense de los años 1970 que consiste en 92
episodios regulares de 48 minutos y un episodio piloto de 90 minutos
de duración, creada por William Blinn y equipo entre el 30 de
abril de 1975 y el 15 de mayo de 1979 en la cadena ABC. Fue dirigida
por Jack Starrett (bajo el nombre de Claude Ennis Starrett Jr.),
quien luego dirigió Los Dukes de Hazzard (1979), una serie de
alguna forma similar.
Bueno, uno de ellos cantaba: DAVID
SOUL, este es su tema "No abandones lo nuestro".
Dicen
por ahí, que en el cielo querian oir “Fuiste mía un verano” y,
como no conseguían su disco, lo llamaron de urgencia. Él
siempre fue un gran amigo del barba. No podía decirle que no.
A
lo mejor estará jugando a la pelota con algún pibe vago. ¿Se
habrá encontrado con su amigo Carlitos, a quien tanto quería y
deseaba volver a ver? Me juego a que está sentado en algún
lugar tranquilo –bueno, dicen que allá arriba siempre se está
tranquilo– componiendo una bella canción de amor, como aquellas
que escuchamos cuando éramos pibes. Esas que le cantábamos a la
chica que nos enamoraba: “Cada piba que pase con un libro en la
mano, me traerá tu nombre… como en aquel verano...”
“Que
otra vez será, que otra vez será… tierno amanecer, se que nunca
más…”
Leonardo
Favio fue y será mi ídolo toda la vida. Con su cine me
emocioné. Con sus canciones me enamoré.
Leo
querido, sé que te preocupaba salir de la memoria de los pueblos,
quedate tranquilo, no nos vamos a olvidar de vos. ¿Cómo
hacerlo? Seria como olvidarnos de nuestra juventud. De nuestras
ilusiones. De nuestros sueños que crecieron arrullados por tus
melodías.
“Que
otra vez será, que otra vez será… tierno amanecer, se que nunca
más…”
¡Ah
me olvidaba!, quiero pedirte que si lo ves a mi viejo, que tanto te
admiraba, le digas que lo extrañamos mucho y que, si podés, le
cantes “Ella…” Esa fue siempre su canción preferida.
Lo amaba con locura. Él era todo para ella. El compañero. El amigo. El amante… La vida. Jamás había amado de esa manera. Profunda. Incontrolable. Visceral. Cuando estaban juntos la vida volvía a tener sentido. Poder amar así era un regalo maravilloso que tenía que proteger. Nada debía impedir ese sentimiento maravilloso. Nadie podría quitárselo. Día a día, mientras estaban juntos, se preguntaba que pasaría si ya no lo tuviera, si él dejara de amarla. El solo hecho de pensarlo la estremecía. La asustaba. Sin embargo, la idea se repetía cada vez con mayor fuerza. Con el tiempo, los momentos de duda sobre el futuro de ese amor, se fueron incrementando. Tanto que ya no podía disfrutar de estar con él. De caminar juntos. De acariciarse. De hacer el amor. La pregunta brotaba una y otra vez en su mente: ¿Me amarás aún mañana? La relación se fue haciendo insostenible. Dudas. Discusiones. Peleas. ¿Me amarás aún mañana? Finalmente, él se cansó. Se marcho una mañana, bajo una intensa lluvia otoñal, que apenas disimulaba las lágrimas de ella. Lo vio irse. Cansado de tantas dudas. Nunca más volvió a verlo. Todavía hoy se sigue haciendo la misma pregunta: ¿Me amarás aún mañana? Carlos Cuevas The Shireles: ¿Me amarás aún mañana?
Como todas las noches entró al estudio de la radio con la alegría de poder disfrutar junto a sus oyentes de una maravillosa velada con buenos recuerdos y buena música.
Se sentó en su silla reclinable, acomodó sus papeles y le hizo una seña al operador para que sacara el primer tema al aire, y el primer tema comenzó a sonar.
Al principio no le prestó atención, parecía uno más de los tantos temas que había programado para esa noche. Uno más entre un montón, uno más, solo uno más.
¿Uno más?
La frase lo distrajo por un momento. “Dos solitarios en este mundo… cansados de la búsqueda de amar”. La había escuchado miles de veces pero nunca se había puesto a pensar en su significado, nunca había caído en la cuenta de cuanto tenía que ver con lo que le estaba pasando a su vida. El también se sentía “cansado de la búsqueda de amar”, tal cual se lo repetía la canción, como queriendo que reparara en algo que él no sabía o no quería descubrir.
“Dos solitarios, que en este mundo, cansados de la búsqueda de amar… detienen un instante, confiesan su amargura y buscan esquivar la realidad”. Ahora la canción golpeaba más fuerte, con más intensidad. Calando muy hondo en su alma, su alma dormida al amor desde hacía mucho tiempo.
Le hizo una seña al operador para que subiera el retorno del sonido al estudio. “Dos solitarios somos mi amiga…no creas encontrar en mí el amor”. ¿Era tan así? O era él quien se empeñaba en alejar de su vida todo lo que le recordara que alguna vez había entregado su corazón, sin pensarlo, sin medir las consecuencias de amar y sentirse amado. “Refugia tu desdicha y cuéntame tus penas… ahoga en esta noche tu dolor”. ¿Y si la llamaba? ¿Si le confesaba lo que sentía cuando ella sonreía, cuando ella lo miraba? ¿Si le decía que lo intentaran, que estaba dispuesto… que quería volver a amar? “Ven la magia ya comienza… ven vivamos la ilusión, ven la noche nos acerca… ¿ves? se duerme ya el dolor”.
Se incorporó de golpe en su silla y confundido le hizo una seña al operador para que quitara el retorno del tema al estudio. No lo pensó demasiado, le salió así, visceral, como le salían, desde hacía mucho tiempo, muchas cosas en su vida.
Tenía miedo, sentía angustia. No quería volver a amar. No quería volver a sufrir.
“Se apagan ya las luces y colores, la orquesta se ha marchado del lugar… despiertan otra vez viejos dolores, el mundo ya otra vez se echo a rodar…”
Entró despacio para no despertarla. Cerro despacio para no molestarla. Siempre lo hacía, sabía que llegaba muy tarde de la facultad y necesitaba descansar. La imaginó dormida semitapada dejando entrever, entre las sábanas de seda,sus delicadas y armoniosas formas.
¿Cuanto hacía que la amaba? ¿Cuanto hacía que ella era su vida y su vida era ella? No pudo contestarse la pregunta. Era tanto el tiempo que habían compartido juntos, que juntos, habían comenzado a olvidarlo. La niñez asomó en pantallazos y la vio a ella corriendo presurosa a esconderse, mientras el contaba hasta diez, apoyando su frente en el viejo paraíso, que irrumpía en la vereda.
También pudo recordarla mucho tiempo después. En la playa junto al mar enternecido que le acariciaba los pies mientras ella caminaba, suave y delicada, sabiendo que él la miraba en silencio. Mas tarde la pudo ver feliz y enamorada mientras caminaba, blanca y radiante, hacia el altar, donde él la esperaba casi sin aliento.
Dejó las llaves sobre la mesa del living y allí la vio. Una carta. Una simple carta. ¿Porqué ella había dejado una carta?
Nunca supo porque ella lo abandonó. ¿que fue lo que apagó aquel amor que parecía inacabable?
Se marchó, dicen algunos que se volvió loco. Otros dicen que ya lo estaba. Loco de amor por ella. Todavía está sobre la mesa del living aquella vieja carta amarilla que él nunca hubiera querido leer.